RESEÑA: «Filosofía y consuelo de la música» de Ramón Andrés

Título: Filosofía y consuelo de la música.
Autor: Ramón Andrés
Editorial Acantilado.

No se escuchaba nada en el campo tras la batalla. Los muertos, entre ellos Er, el audaz, no hacen ruido. Al llegar sus compañeros de armas, tuvieron que avanzar con las manos sobre el rostro. El olor de aquel abono obligó a retroceder a algunos. Otros huyeron al ver que Er permanecía recién muerto, el color de las mejillas casi rojas. A pesar de que los temblores de pavor de los que portaron el fresco cadáver, Er acabó en la pira al igual que el resto de bajas. Desde ella, encima una colina, se podía divisar las calles por donde los soldados jugaron de niños.

Los doce días pasados han marcado a los cadáveres. A todos menos a Er. Llegó la hora de quemarlos. Las almas se pusieron en camino. Todas, incluso la de Er. Así, en su ruta a lo alto, pudieron oír la armonía de las esferas, la perfecta música del universo. Una única nota se les metía por los oídos como miel caliente. Er, al cabecear en dirección al son, descubrió a la que canta, una sirena. El otro lugar, ese a donde vamos al morir, tiene la forma de nave. Los hazes de luz que simulan mástiles les iluminaban los rostros asombrados. Er volvió a mirar hacia el sonido,  dándose cuenta de que ahora ocho sirenas cantaban en armonía una melodía en octava. Desnudas las voces. No las acompañaba instrumento alguno.

Las almas muertas se acercaron a tres blancas muchachas. Uno a uno, los muertos les dijeron en voz alta lo que querían ser en un nuevo tiempo sin tiempo. Mucho antes, el alma de Orfeo alzó la voz, será un cisne, y Támiris pronunció su deseo de ser un ruiseñor. Luego, como todos, seguían la reseca nube de polvo que les conducía a la planicie del Olvido. El viento les azotaba pues no encontraba obstáculo alguno en su vano soplar, ni siquiera las pelusas de unos matojos. Con solo abrir la boca se les secaba de tal manera, que la saliva no era suficiente para aliviar las raspaduras en la garganta. Al sentir el rumor del río de la Despreocupación, las almas corrían hacia el frescor. Aunque, al intentar llenar sus vasijas en sus aguas, el liquido siempre se derramaba.

Por lo tanto, tenían que hundir sus labios en lo húmedo, llenarse el buche con lo fresco. Los que casi se ahogaban metiendo la cabeza con el fin de saciarse, se vaciaban de recuerdos, quedándose en un presente continuo. Er, como los demás, llegó al río pero una corriente en dirección contraria le impidió acercarse.

La noche vino para acompañarles en el sentimiento. Todos cerraron los ojos en un simulacro del sueño terrestre. En medio de aquella calma, rompió un trueno y un terremoto les acunó. Una a una, las almas fueron lanzadas a modo de estrellas fugaces hacia un lugar extranjero bajo la apariencia deseada, sin la carga de las faltas cometidas.

Al alba, Er abrió los ojos y descubrió que se hallaba acostado en lo alto de una pira funeraria, desde la que podía ver el cuarto en donde creció. Al contar lo que le había ocurrido, muchos levantaron las cejas al oír que unas mujeres tuvieran el poder de conceder lo que uno quisiera ser. Pero asintieron al descubrir que, una vez muertos, se podría escuchar la melodía última. Pues, incluso cuando atendían a una música terrena, se sentían transportados a otro lugar, y ahora sabían que se trataba del más allá.

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