En «Mátate, amor» todo lo que se pudre forma una familia

Una madre, un esposo, un bebé y un pueblo francés sin nombre son los protagonistas de la novela Mátate, amorde Ariana Harwicz, publicada en México por la editorial independiente Dharma Books. Aquí, la escritora nos genera algo cercano a la empatía, o quizá algo entre la empatía y el morbo, y la necesidad adictiva de saber más sobre esta mujer «letrada y graduada universitaria que es más bestia que los zorros desahuciados con la cara teñida de rojo y un palo atravesándoles la boca de par en par». Así es la violencia con la que se describe a sí misma desde un inicio.

Originalmente publicada en el 2012, la novela fue traducida al inglés y consiguió una nominación al Man Booker International Prize del 2018, generando muchas más expectativas para su libro Degenerado, publicado en el 2019. Para Ariana Harwicz –escritora argentina muchas veces hermanada con Samanta Schweblin o Mariana Enríquez dentro del grupo de la «nueva narrativa argentina» –los márgenes entre el asesino (o el monstruo) y las personas supuestamente normales, son el eje por el que se mueven sus intereses: «es ahí donde mi escritura clava la estaca», responde en una entrevista en France 24Escala en París

La frontera entre legalalidad e ilegalidad, o normalidad y anormalidad, permea el trabajo de Harwicz y la voz de su narradora. Vamos caminando fuera del centro, desde la periferia, en ese límite que todos estaríamos predispuestos a cruzar: uno de violencia y salvajismo.

Una mujer que hace seis meses dio a luz y que no se siente identificada con su bebé, no disfruta del lugar donde vive y no le apasiona siquiera ella misma. Aquí empieza esta historia. En una primera escena la vemos observando su propia casa, desde fuera, en el campo, rodeada de hierba y naturaleza. Se arrepiente del hijo tiene, es culpa del esposo que eyaculó a la fuerza en su interior. Ella no es para nada como el resto de mujeres que al instante de parir no imaginan sus vidas sin su bebé. Ella es «un caso clínico, una extranjera». El sol le devuelve el reflejo plateado de un cuchillo en la mano y la ciega. El cielo está rojo, violeta, tiembla. Siente una atracción hacia dichos objetos puntiagudos e hirientes: un bisturí, una pluma, un alfiler. Tiene la pinta «de alguien que debería ser clasificada incurable».

La narrativa de Harwicz no apuesta por la locura clínica ni medicinal. Eso es lo que menos le importa, llegado el punto de clímax final en la historia. El objetivo de este libro es un artefacto entero de prisa y frenesí. Es lanzarse a un experimento sin precedentes donde la maternidad es todo lo que han dicho que no debe ser.

Mátate, amor es una novela donde la madre tampoco sabe dónde clavar la vista y, por lo general, está en ninguna parte y en todos lados: reflexionando acerca del matrimonio; acerca de las parejas que hacen de la palabra amor una muletilla incluso cuando más se desprecian; despotricando en contra de la maternidad y la hipocresía de los vecinos; odiando la falta de intelecto y las pláticas banales; lamentando que su hijo no pueda ser amigo de alguien como Francis Bacon. Pero ninguna de las partes de este texto, a veces monólogo y a veces frenesí fracturado, debe confundirse con cinismo: nada de lo que ella hace es con la intención de romper las reglas de la convención social ni con tal de ganar provecho a pesar de que, para las personas en su vida, merezca desaprobación.

Harwicz nos obliga a asimilar verdades que son difíciles. Para ello hay que rechazar el cinismo, la carta de la enfermedad y quizá, también, la posible depresión post-parto de su antiheroína. Si entráramos buscando esos dos elementos, nos perderíamos de su brillante intuición y originalidad, del agitado diálogo que  se forma en nuestra mente gracias a la exaltación y el delirio que crece y crece y crece. Está siempre a punto de lanzando sentencias tan filosas como «todo lo que se pudre forma una familia» o «a mí me gusta pensar en el sexo, no hacerlo». La madre nos explica que, en el sexo, siempre fue buena en teoría pero reprobó en la práctica. «Por eso no sé manejar», nos dice, «pero me sé de memoria las leyes de tránsito». En una escena, la protagonista se encuentra fuera de la casa cuando ve a su bebé, que ha dejado en el piso, acercarse demasiado al fuego de la sala. El niño está solo con su padre –ella salió a gritar o arrancar hierba del suelo, puede ser que incluso esté masturbándose fuera. Nos dice que lo normal sería entrar para retirar al bebé de la fogata, lo tiene muy claro. En teoría, eso haría su instinto maternal. Pero en la práctica, observa cómo el niño se quema las manos. Así funciona la analogía del párrafo anterior donde se pregunta:

¿a quién engendré? Yo lo miro como un cangrejo mira a un niño […] no me hago cargo de lo que pueda pensar de mí. Lo traje al mundo, ya es suficiente. Soy madre en piloto automático. Lo alzo, le ofrezco una sonrisa falsa, aprieto los dientes. Mamá era feliz antes del bebé. Mamá se levanta todos los días queriendo huir del bebé…

En vez de huir de su familia, la madre se queda en casa, perdiendo la cabeza conforme pasan los meses, intentando tener relaciones con su marido y en las noches teniendo un amante secreto. Conforme nos acercamos al final, su esposo y los vecinos la inquietan, está intranquila y su comportamiento se vuelve cada vez más extraño. En una visita a la playa, su marido tiene una erección mientras duerme. Acostado en la arena, ella comienza a atacarlo (tocando su pene en público) celosa de lo que su esposo pueda estar pensando, de a quién más pueda desear en sueños que no sea ella. La gente la mira, el episodio provoca que su familia abandone la playa y la narradora termina triste de que el niño conozca el mar. Le duele la cuchillada de «felicidad perfecta» de las demás personas ignorantes en la playa, algo que la lleva al borde de esa violenta manía con la que narra su vida. Después de acto de intentar masturbar a su esposo en público se reconoce «desagradable, hedionda e insoportable».

Si tuviéramos que llamarle locura, aunque no es una palabra que me guste utilizar en este caso, es una que no es consecuencia de su matrimonio ni de su amorío. Tampoco es producto del hijo que no deseaba tener. Harwicz no necesita justificar la mejor parte de su protagonist y como lectores le agradecemos. Esa irracionalidad característica de Mátate, amor es lo que hace lo hace un libro atractivo e imperdible. La búsqueda de una muerte que no es literal, sino que es más la necesidad de parar o escapar del sufrimiento que la separa del resto. 

Harwicz también vivía en el campo, alejada de París y aislada un poco del mundo,  cuando escribió la novela después de haber tenido un hijo. A la autora le interesa ir a esos lugares oscuros, completamente opuestos a su experiencia como madre, a los que normalmente no nos enfrentaríamos: escenarios salidos de una pesadilla, de un lugar abandonado en la carretera, de un pequeño cortijo que se cae a pedazos. La narradora no da explicaciones en ningún momento, tira y tira de la cuerda hasta que ya no podemos más.

Podría haber algo del diálogo y razonamiento de una Esther Greenwood en esta mujer sin nombre: algo del rechazo al cliché del matrimonio y la maternidad; podría haber algo de El ruido y la furia en la enajenación de las voces narrativas, sus cambios de perspectiva que, aunque escasos, aportan a la falta de cordura de nuestro personaje; algo de la soledad y nerviosismo que maneja también Lina Meruane en Sangre en el ojo; algo de la falta de moralidad y la línea entre la muerte y el deseo de La pianista de Elfriede Jelinek (una clara influencia literaria de Harwicz). Pero todas estas comparaciones resultan un tanto inútiles porque Harwicz aporta un ingenio ácido y brillantez única resultando en algo completamente nuevo y muy suyo. La narrative de la novella brilla y se distingue del resto por la completa falta de moralidad y de juicio. Está quizá en cada uno de los pensamientos y de las páginas de alguien que dice, sin ninguna vergüenza: «Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir […] Quiero borrarlo con una fogata, pero no puedo, y me dejo llevar por el bálsamo del deseo. Qué dolor, ni me acuerdo de mi hijo». 

Se agradece la apuesta por una lectura que no se esfuerza por reivindicar la maternidad y, en cambio, nos deja ver a la mujer por lo que es: un ser de infinitas posibilidades. Una persona llena de contradicciones. No madre, no esposa, no amante. Sí furia, sí deseo, sí autonomía. Alguien que hurga en lo clandestino, en lo no dicho, en lo censurado. Celebramos que no sea condescendiente ni le huya a la radicalidad. Para mí es imposible no ponerla en un pedestal porque tira todo rastro de ética por la borda y nos regala estas páginas donde logramos hacer una pausa de todo lo que hemos leído antes y sumergir la mirada en lo que no queremos ver: en lo válido de la antimaternidad salvaje que resulta en lenguaje, en violencia, en resistencia.

Imagen de portada cortesía de Dharma Books and Publishing.

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