El otro Perú de Chiquitoy


“El Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero.”
Mario Vargas Llosa


Una columna de polvo, igual que una serpiente nebulosa, nos recibe en la entrada de un pueblo milenario, conocido por viejas historias de oro, que cautiva no solo a historiadores, saqueadores de tumbas, sino también a turistas y curiosos. Casi 35 kilómetros, o 55 minutos de distancia, bastaron para llegar al poblado de Chiquitoy, adonde arribamos después que una camioneta pequeña, adaptada para personas pequeñas, nos trasladara desde Trujillo, la imponente capital fundada por Francisco Pizarro, hasta la localidad que primero fue un asentamiento Chimú, luego Inca, para finalmente convertirse en una hacienda colonial que transformaría el monocultivo de la Caña en una poderosa industria de azúcar y ron.

Las calles de Chiquitoy aún conservan un tapiz de polvo, que los pobladores madrugan a peinar con agua y escoba y donde solo se ven perros pasear de un lado a otro, ya que la gente está resguardada en sus casas, sea por el calor, que ronda los 32° grados, o por la falta de actividad comercial en un pueblo, que, a primera vista, parece estar vacío. De una sola vista descubrimos que todo alrededor es verde, pues la caña es el cultivo dominante en ese valle llamado Chicama. También detallamos un color ocre que impregna las paredes de las viviendas, los árboles, los avisos, la gente, como si todo necesitara ser desempolvado para recobrar su brillo.

Nos sorprende que el cielo esté despejado y no de visos de pájaros, aunque a lo lejos divisamos gallinazos, en lo que parece ser un antiguo vertedero de basura, al lado de un cementerio local, en cuyo patio trasero hay una estructura incaica derruida y olvidada por el pasar del tiempo. Todo parece surreal. Algo así como si estuviéramos en un paraje del viejo oeste americano o en un estudio de la Wagner Bros en Los Ángeles. El parque central se asemeja a un puzzle gigante. Las bancas tienen formas cuadradas, pentagonales, trapezoides, y octagonales, pintadas con tonos básicos, tratando de lograr un parecido a esos bellos parques que hay en Trujillo y que la gente cuida como un tesoro inmaterial.

Se destacan en Chiquitoy varias cosas, o mejor, resaltan a la vista por su imponencia, un viejo teatro; una piscina gratuita; un museo destruido, al parecer por un grupo económico llamado Rubini; una hacienda color amarillo de anchos portales; un vagón de locomotora llamado «El torito N° 5» emplazado en un montículo, que dicen, es una huaca expoliada; y una plaza de toros con un diámetro de 34,5 metros, que usan para las fiestas patronales en honor a San Martín de Porres, el santo negro. No sabemos por cuál de estas estructuras preguntar primero, porque la gente se ve tímida o intimidada por el equipo de viajeros que llegan con ropa y acento diferente. Descargamos las maletas y tomamos la decisión de dividirnos gracias a que es imposible perderse en un pueblo de al menos veinte cuadras: una parte va a la piscina, la otra mitad se dirige al parque principal. 

El grupo que no tiene intensiones de disfrutar, tanto como de conocer, toma fotos todo el tiempo y busca personas para conversar. Los chiquiyotanos no parecen sociables, aunque tampoco dan muestras de ser apáticos. El sol a esa hora de la mañana podría cocinar cualquier cosa encima de un techo, y los pocos lugareños que vemos se arropan del calor bajo el frondoso ramaje de los árboles ficus, que están por todos lados.

La historia afirma que alrededor del año 1000, en estos valles, floreció la cultura Moche, un pueblo experto en ingeniería hidráulica, sin embargo, ahora solo hay canales de desagües comunitarios, y la implementación del alcantarillado da muestras de ir a paso de tortuga. Los visitantes se sienten tentados a dar su idea de progreso o retraso social, comparándolo todo con lo que han visto en las grandes ciudades, pero esto no funciona en lugares históricos, abandonados por la administración, y donde la misma gente se resiste a perder las tradiciones que perviven entre ellos.

―Este lugar era el corazón de la cultura Chimú. Escuchamos decir a un adulto con acento propio del lugar. Un chiquiyotano, de los pocos que divisamos, que se atrevió a romper el silencio que permea el poblado.
― ¿A qué se refiere señor?
―Al lugar, pues. Agregó. Este era el centro administrativo de los Incas. Acá se inspeccionaba todo antes de enviar al Cuzco cualquier cosa. Luego se fue llenando de españoles, mestizos, sambos, y aventureros, y todo cambió. ¿Ven ustedes ese cabezote de locomotora? Señaló con un dedo arrugado, encima de la piscina, donde estaba la otra parte del grupo que venía con nosotros.
―No hay duda, es muy grande para no verla.
―No es lo que ustedes piensan. No fue la locomotora de Alfaro.
El adulto nos confunde.
―No somos de Ecuador. Venimos de Colombia.
―Es lo mismo. Todos se parecen. Ese tren transportaba azúcar hasta el puerto de Salaverry. Sirvió para que Víctor Larco sacará los insumos que luego vendía a las potencias en la Segunda Guerra Mundial. Él y su industria se lo llevaron todo de acá. Solo dejaron la pobreza. Pusieron el cabezote encima de una huaca, igual que los españoles plantando una bandera.

Sentimos una queja amarga en el adulto, el cual aún no sabíamos su nombre, y que, por el sombrero, el rostro arrugado, la camisa abierta, y los zapatos empolvados, nos daba la impresión de ser un viejo jerarca de Chiquitoy.

―Pero también es la tierra del poeta César Vallejo.  Tratamos de amenizar.
―Y eso para qué, acá nadie vive de la poesía. También es la tierra de la «Señora de Cao.» Lo que hay acá debería ser de los de acá. Pero no han dejado nada, solo polvo.

Una vieja memoria nos viene al paso, y mientras el otro grupo chisporrotea agua, saltan desde las laderas hacia la piscina, se empujan entre ellos, nosotros ardemos de calor escuchando al hombre que parece darle vida al lugar con lo que nos cuenta.

―Pero no se llevaron todo. Afirma. Hay una historia de un hombre que fue a huaquear por el valle de Chicama, no muy lejos de acá. Volvió tres días después, flaco, pálido, sin habla. Según dicen, encontró una depósito inmenso de oro, y en su intento de extraerlo, un alud de tierra lo sepultó. Logró salir, regresó a casa, y sin decir palabra alguna, murió.

La historia parece manida, de esas forjadas en todo lugar para atraer la atención de los visitantes. Sin embargo, el hombre dice que conoció al huaquero. La intriga se apodera del equipo, y decidimos ir a una vieja ruina, detrás del cementerio del pueblo, llamada «Complejo Arqueológico Chiquitoy», a una distancia de 15 minutos a pie. El camino Epimural que conduce a la «Huaca Colorada», se ve adornado por fragmentos de cerámica Chimú, y Moché, con figuras y formas de animales, que pudimos ver hace dos días atrás en la fortaleza de Chan-Chan.   Por la ruta se aprecian restos de moluscos, conchas de nautilus, caracoles, pedazos de ostras; y también huesos, que, sin duda, son humanos.

El paraje extremadamente desolado y misterioso, da la impresión que estuviéramos en un cañaduzal vallecaucano, aunque más allá se divisa un desierto sin vegetación alguna, que nos entrega una imagen semejante a las planicies de Egipto, o la Tatacoa, en Huila.

Sin explicación alguna, al pisar el complejo arqueológico, escuchamos sonidos de tambores amplificados. Un tan-tan que no para y retumba. Nuestros oídos no pueden percibir el origen del sonido y nos encontramos consternados, si acaso no, atemorizados. Lejos de Chiquitoy, no hay poblados cerca, sino pequeños fundos rústicos, que no parecen tener más de 5 o 6 personas habitando allí.  El día declina, y separados del resto, decidimos regresar a la plaza central del poblado. El grupo de la piscina ya está listo, y no da señas de estar preocupado por nuestra ausencia. El conductor de la camioneta, Juan Allccarima, está comiéndose un marciano (bolis), y nos avisa que debemos abordar el transporte.

No vemos por ningún lado al adulto que nos conversó en la plaza. El calor ha bajado, y un aire recio comienza a pasearse por el lugar levantando el último polvo de la tarde, mientras los perros siguen ladrando incesantemente. Miramos hacia atrás con cierta nostalgia, dejando esos monumentos sin explorar como la hacienda Chiquitoy, el cabezote del tren, la escuela César Vallejo que erigieron en honor al poeta, y la planicie que marca la línea de un complejo Moche o Chimú, que quizá bajo su suelo guarde un secreto arqueológico importante.

Salimos por el único camino de entrada, por la polvareda en dirección a Trujillo, para descansar y continuar con la ruta de exploración que nos habíamos trazado al viajar por esta América desconocida. El continente sureño de lugares históricos, olvidados, llenos de leyendas y personas que aún son una memoria viva, y que a pesar de la ingratitud del tiempo y la fragilidad del recuerdo, se resisten a ser ahogados por la modernidad.

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