El día que creció el Bonsái


Esta entrada obedece a un aparte de la correspondencia del autor con un amigo periodista, pero ante todo lector consumado, de la ciudad de Medellín, Colombia. Pertenece a la obra llamada Mis años de misivismo literario 2015-2016 impresa en la Avenida de los Volcanes. La carta concreta data del 09 de mayo del 2015, redactada en la ciudad de Guayaquil-Ecuador y da cuenta de un diálogo filosófico y literario, cuya extensión y calidad fueron la norma


Saludos Iván R.

Quiero empezar respondiendo por el final de su carta, ya que como en toda buena obra, siempre es por allí por donde se captan las mejores frases. Como esta de Jean Paul Sartre al final de su obra Las palabras (1964): ¿Qué queda? Todo un hombre, hecho de todos los hombres y que vale lo que todos y lo que cualquiera de ellos. Y en suma eso somos.

Usted mi querido amigo menciona a Friedrich Hölderlin y me parece curioso que lo nombre, porque no creo que sea casualidad (a menos que andemos en el mismo espíritu como Sócrates y Fedro) porque desde hace días leo el Hiperión o el Eremita en Grecia (1795), y la verdad me acerco a esta obra como saboreando diminutas hojas de jengibre, es decir, para quitarle el sabor a un ensayo en el que trabajo hace unas semanas sobre cuatro versiones que conozco de la palabra Sodoma.

Y para hacerle justicia a nuestra amistad te adelanto lo que en términos periodísticos los franceses llamaban Manchette, es decir, el titular de mi escrito:

“Hay cuatro Sodomas de las cuales tengo conocimiento: Sodoma como ciudad bíblica; Sodoma como la novela de Curzio Malaparte; Sodoma como obra capital del Marqués de Sade y Sodoma como el excéntrico pintor italiano renacentista. El descubrimiento de cuatro cosas de un mismo concepto, fue para mí una entera revelación, porque supuso una investigación breve y concisa sobre cada lugar, objeto y sujeto de esa brutal y violenta palabra.” (La entrada se reproduce en este mismo medio: Cuatro versiones de Sodoma)

En el final de su carta —además de hablar de Friedrich Hölderlin y del dionisiaco de Friedrich Nietzsche, que por cierto, se decepcionó cuando Lou Andreas-Salomé rechazó su propuesta de matrimonio por agradar en segundo grado a Sigmund Freud y en primer grado al poeta austro-húngaro Rainer Maria Rilke del que se enamoró perdidamente—, un término de Friedrich Hegel me llamó la atención al punto que no puedo sacarlo de mi mente: Gran Espíritu. Ese mismo Hegel contra el cual luchó profusamente el corcel de Søren Kierkegaard con su doctrina de la desesperación. Hegel que por ciento, hasta el día de hoy no he podido leer a cabalidad, porque me asusta esa gran summa filosófica titulada La Fenomenología del Espíritu. (1807).

Confieso que empecé a leer al Alemán en Chile al borde del conocidísimo río Mapocho, y la verdad no sé si fue el olor de ese caño central que pasa por todo Santiago, o el olor de esa dialéctica tan oscura del autor, los que me impidió terminar la obra de ese gran dragón del espíritu universal. Un día antes de morir (si es que los dioses me revelan la fecha) prometo hacerlo, aunque de cara a nuestra partida siempre dejamos obras inconclusas del más acá, para leer en el más allá. En fin.

Me gusta Iván esa imagen final donde usted cita sobre Sócrates y Fedro bajo el frondoso árbol, recostados en el suave y verde pasto, con los pies descalzos entre las frescas aguas del arroyo y bajo el influjo dionisiaco. Es una imagen bella, cargada de sentido, humanidad y destino. Quise en vida hacer algo así con mi padre, pero lo más cercano a esta reciprocidad fue caminar al borde del mar de Buenaventura, mientras él me contaba las últimas películas del cine donde trabajaba, y yo le resumía El coronel no tiene quien le escriba (1961) de Gabriel García Márquez.

Era una amistad simbiótica la nuestra, como la que hemos comenzado Iván y que, como los números, espero que no se cierre nunca. Espero no anhelar más de lo que mis esperanzas me animan. Como dice espléndidamente Friedrich Nietzsche en su Eterno Retorno (1882):

“Quienquiera que tú seas amado extranjero, que por primera vez encuentro, entrégate al encanto de esta hora y del silencio que nos rodea por todas partes, y deja que te refiera un pensamiento que se eleva ante mí y que quisiera arrojar su luz sobre ti como sobre cualquier otro, igual que una estrella, porque ésta es la misión de las estrellas”.

Mientras le escribo esta carta, veo como en lo alto de mi biblioteca un Bonsái químico que me conseguí enarbola sus ramas en menos de 24 horas. Es un deleite ver tan precoz crecimiento, y aunque no soy muy dado a buscar muchas analogías, creo que nuestra amistad tiene el mismo proceso de aparición y florecimiento.

Usted habla de Sócrates, y la verdad, amigo, este personaje siempre me ha atraído porque me parece que fue un ratón profético. Bien es sabido que los ratones son los primeros en saber cuando una casa está vieja y a punto de caerse, entonces es cuando abandonan sus ratoneras y huyendo a toda velocidad cambian de casa. Así pasó con el viejo filósofo. Se dio cuenta de el fin de la democracia y de el arte ateniense y huyó (no como escape, sino como el fin de una vida) para refugiarse en la muerte, es decir, cambio de casa.

La muerte es perdonable, porque como dice Séneca, nadie puede morir dos veces, pero lo que me parece imperdonable en cuanto al enjuiciamiento de Sócrates, fue que el comediógrafo Aristófanes, que era pobre y mal poeta, haya convertido al mejor hombre de Grecia en el tema de sus parodias. Especialmente cuando se celebraban las Dionisiacas y cuando representaba esa inmoral comedia suya titulada Las Nubes (423 a.c). Es sabido que los encargados de la caracterización de los personajes de la comedia, se mofaban modelando una máscara de Sócrates lo mayor parecida al filósofo. Y como dijo bien Cratino: el pueblo enloquecía en el teatro. Luego aplaudían al mal poeta, lo proclamaban vencedor y ganaba dinero por la obra, además de que Ánito y Meleto, los dos acérrimos acusadores de Sócrates, ordenaran que los jueces inscribieran el nombre de Aristófanes y no el de ningún otro, en el primer puesto.

Iván, desconozco las razones del por qué Aristófanes aceptó con tanta energía usar el arte como arma en contra del padre de la mayéutica, pero quizá intuyo que como Sócrates, que rara vez iba al teatro y sentía un desprecio por la comedia y los atenienses, prefería al dramaturgo Eurípides por su perfección poética, antes que al mismo Aristófanes. Creo que era un tema de envidia ateniense, tan natural en aquella época. Me consuela saber que fue un hombre determinante para la cultura occidental, y lo de Critias y Alcibíades fue un malentendido que tiene su clara explicación en esa bella apología de Jenofonte llamada, Recuerdos de Sócrates. (394 a.c)

Pero transcendamos de Sócrates, y entremos a la emoción que despertó en mí, leer ese gran párrafo del libro de Antonio Damasio. Primero, porque no he leído nada del autor, cosa que me confirma mi docta ignorancia; segundo, cita a Baruch Espinoza, filósofo de los primerísimos que me sedujeron por su cosmovisión y tercero, porque su correspondencia conmigo es como un anzuelo que saca del baúl de mi mente aquellas cosas que consideraban oxidadas por el desuso, y hablo de que hace años empecé a hacer unos estudios sobre la voluntad humana, y que ahora en mi escritorio tengo metros de apuntes sobre el asunto.

Términos como instinto”, “preservación”, “lenguaje”, “evolución”, “auto conservación”, “conatus”, “volición”, “Dasein”, etc, están ahí guardados a la espera de una revisión personal. Especialmente la filosofía del lenguaje me llama la atención, pero no desde la línea de Ludwig Wittgenstein, y su de lo que no se puede hablar, mejor es callar sino desde las funciones cerebrales (o si se quiere mejor llamar: espirituales) y su sentido. De cómo las palabras activan áreas de nuestra mente que nos dan un significado y no otro. El por qué las palabras, que son materialidad inerte, sonido, articulación, pueden expresar esas experiencias intangibles como amor, enojo, Dios, duda, justicia, dolor, etc. Y cómo con aquellos interlocutores con los cuales nos comunicamos parecen entendernos, como si hubiera una casi conexión espiritual.

La mente humana me ha asombrado siempre, y por eso la atosigo de otras preguntas más generales como ¿por qué recordamos? ¿Qué significa amar, vivir o morir? ¿Por qué preferimos creer en vez de no creer? ¿Cuál es la finalidad de existir? O ¿La esperanza nos obliga a vivir? Fue diseñado el cuerpo humano (telos), ¿para comer, dormir y procrear? Etc. Obedezco a esa frase pascaliana, que parafrasea bien Antonin Artaud en el ombligo de los limbos: La vida es un consumirse en preguntas.

Quiero cerrar esta carta con una frase de Giorgio Colli que usted cita y que me parece que define, si acaso no algo de mí : …Cuando en su soledad la vida se desborda, siente la necesidad de actuar, de comunicarse con los hombres, de crear, y busca afanosamente símbolos visibles que expresen su interior. Creo que estas líneas definen la naturaleza de un alma literaria. Yo escogí leer y escribir y afirmo con Kierkegaard en su Philosophiske Smuler: Éste es mi caso en el mundo del espíritu, ya que siempre me he esforzado y me esfuerzo sólo en danzar bien al servicio de la idea.

Querido Iván Rodrigo, me despido, y así como simbólicamente hago fila para conseguir trabajo y entre apretujones y a riesgo de perder una cita con algún jefe bonachón y mostachón, lo leo, quizá también la extensión de mis cartas le hará calentar la silla un buen rato. Espero nos complementemos en estas lúdicas, y si respondo muy pronto, házmelo saber para ser más paciente. Pero le aseguro humildemente que quien sabe qué piensa, sabe qué dice, cuándo lo dice y a quién lo dice.

Salud (os), un abrazo y larga vida.

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