¿Internet nos está regresando a la Caverna?


“No somos lo que leemos, sino, cómo leemos”
Maryanne Wolf


Una metamorfosis sucede aquí y ahora en pleno Siglo XXI. La naturaleza del ser humano está cambiando, y este proceso no se debe a una nueva ética, ideología, o programa en el mundo, sino al auge de las tecnologías digitales que dominan la forma de cómo el hombre recibe y procesa información, se concibe a sí mismo, interpreta su entorno, se relaciona con los otros, y decodifica la realidad.  Una idea que no es nueva, sino que ha sido tratada desde Platón y su Fedro, hasta Sapiens: de animales a dioses del escritor Yuval Noah Harari, y la historia, de igual manera, demuestra que cada civilización muere o renace, según las novedades tecnológicas que implementa o abandona.

Esta transformación de la humanidad no tiene lugar en la «postmodernidad» (término sumamente fastidioso), sino en lo que René Scherer llama: «La epimodernidad», es decir, en una época donde el hombre parece estar abandonado a fuerzas objetivas y tecnológicas, que le impiden vivir en la realidad, entender lo que ve, escucha, o lee, y conocer la naturaleza del progreso o la modernidad. De ahí entonces el surgimiento de esas doctrinas epistemológicas como el «relativismo», «lo fragmentario», «las nuevas éticas», «El nihilismo político», «La desconexión de la subjetividad», la «muerte del yo» y otras tendencias humanas.

Sobre esto, nadie, o pocos, han percibido el «debilitamiento de la experiencia» de este siglo, tal como reflexionaba el filósofo alemán Walter Benjamin en 1933. Fenómeno que hoy tiene en jaque a la Historia universal (Francis Fukuyama), al conocimiento general (Nicholas Carr), a la sociedad de masas (Noam Chomsky), la inversión de los valores personales (Peter Singer), y el mismo hombre y su lenguaje (Steve Pinker).

Por ende, ¿podemos hablar de Homo Sapiens en una era donde predomina lo transmedia? Habría que seguir a Jean Baudrillard, en la idea, de confirmar si acaso estamos en la era del vacío, o si una nueva forma de conocer derivada de la Red ha aparecido y no hemos comprendido ni el fondo ni el modo. El evangelio de Nicholas Negroponte, en su obra El mundo digital, deja en claro las bondades de Internet, al sugerir que se puede controlar la información «reseteándola», «reescribiéndola» «apropiándosela», llegando incluso a pensar en una infinita descomposición y recomposición de todo el conocimiento cuyo proceso desemboca en una irremediable paideía.

El pensador alemán decía en su ensayo “Experiencia y Pobreza” (1933): La cosa está clara: la cotización de la experiencia ha bajado.

Como sea, el sugerente slogan de Marshall McLuhan El medio es el mensaje, que no fue tanto para el siglo XX como para el XXI, explica cómo esta posible paideía negropontiana, derivada del uso de los canales de comunicación, es igualmente un instrumento antropogénico, (algo que parte del hombre y transforma al hombre) cuya misión consiste en modificar la naturaleza humana, y a su vez, cambiar la forma de pensar en las sociedades del conocimiento.

Y por modificar o cambiar, me refiero a lo que Giovanni Sartori explicaba como una atrofia del aparato cognitivo, que, en últimas, se evidencia en la forma de aprender. Lo que llama, la preponderancia de lo visible sobre lo inteligible, que conduce a un ver sin entender a propósito de la imagen, la aparición de la televisión y el vaticinio de Internet como un futuro medio revolucionario. De ahí entonces que se susciten las clásicas disputas entre el libro físico versus el libro digital, la crítica al debilitamiento del discurso, suspendido, gracias a lo transmedia, y la castración mental de los internautas, inhabilitados para comprender abstracciones y entender conceptos.

De igual forma, desde el animal político (Zoon politikón) de Aristóteles, hasta el animal simbólico de Erns Cassirer, no se ha zanjado la cuestión de si pensamos porque hablamos, o hablamos porque pensamos y cuál tecnología es la más precisa para evitar confundir la sombra con la realidad, como proponía alegóricamente Platón. En Comprender los medios de comunicación, Marshall McLuhan expresaba: «Dijo Arquímedes: “Denme un punto de apoyo y moveré el mundo” Hoy señalaría nuestros medios y diría: Me apoyaré en sus ojos, oídos, nervios y cerebros, y el mundo se moverá en cualquier ritmo y forma que yo elija.»

Una verdad profética dictada en un tiempo cuando Internet era apenas un proyecto militar, y no se preveía el avasallador fenómeno de las redes sociales ni la hiper moderna era de la información. Realidad que ha despertado a los tecno-profetas modernos con preguntas tipo: ¿Quién controla el mundo? ¿Qué es el hombre digital? Y a sugerir, además, eliminar definitivamente las redes sociales, o al menos a reducir su uso para evitar la manipulación psico-social del «Gran hermano» de Orwell.

George Orwell: “El pensamiento corrompe el lenguaje y el lenguaje también puede corromper el pensamiento”.

Los que están detrás de toda esta maquinaría (si es que damos crédito a que alguien controla los hilos) saben que, desde la Metafísica de Aristóteles, «Todos los hombres desean saber por naturaleza», o, en otras palabras, hay un irremediable camino hacia el reino de la curiosidad, que lleva solo a unos pocos a indagar la naturaleza de ese saber. ¿Saber? Sí, pero según los utilitaristas, ¿saber para qué?, ¿y en qué cantidad?

¿Podemos conocer algo hoy en día en pleno siglo XXI? La respuesta es no. El utopismo tecnológico, que no tiene fondo ni forma, pretende presentarse como un ideal realizable, apoyado en las nuevas tecnologías y sus beneficios.  Un proyecto que precede a la aparición de la imprenta, el telégrafo, la radio, la televisión, el Internet, y cuyas esperanzas de un bienestar para el hombre solo constituyen un idealismo entre otros más. El sociólogo Daniel Bell, llama «tecnologías intelectuales» al hecho de adoptar las cualidades de esas nuevas tecnologías emergentes, como instrumentos que permiten ampliar las capacidades mentales individuales.

Las mismas «Tecnologías intelectuales» que desde los años 90, se visualizaban como el marco para una revolución que cambiaría definitivamente el mundo (determinismo tecnológico), prometiendo, entre otras cosas, incrementar la libertad humana, unir la aldea global, y crear comunidades más inteligentes, productivas e independientes.

El profesor Bernard Gendron, en su libro Tecnología y condición humana (1977), establecería los cuatro principios de esta tecnoutopía. Un mero programa sin centro, y que a más de incentivar esas «Tecnologías intelectuales» creaba una visión distópica, a saber, que:

  1. Actualmente estamos sufriendo una revolución (postindustrial) en la tecnología.
  2. En la era postindustrial, el crecimiento tecnológico será sostenido.
  3. En la era postindustrial, el crecimiento tecnológico conducirá al fin de la escasez económica
  4. La eliminación de la escasez económica llevará a la eliminación de todos los mayores males sociales.
Natalia Zuazo: “Facebook nos organiza la información pero nosotros no sabemos con qué criterio lo hace, entonces es difícil confiar”

Ninguna otra transición gradual, (o escala de resultados esperados) más alejada de la realidad, especialmente si pensamos en la economía de las BitCoins, la injerencia política de Cambridge Analytica, el proselitismo mundial de Isis, y/o el algoritmo de Facebook, entre otros fenómenos no previstos por el profesor Gendron y su escuela, pero sí observados por Nicholas Carr, Natalia Zuazo, Julián Assange, Jaron Lanier y demás ciber activistas mundiales.

Solo así, en este dogmatismo ciber-científico, se entiende que las «tecnologías intelectuales» y la capacidad de procesar conocimiento, ya no pertenezcan al dominio del sujeto, sino que tales funciones sean absorbidas por la Internet, pues esta condensa el texto, la imagen, el sonido, las redes (hipervínculos), la reflexión fabricada, y la construcción misma del saber humano.

Frente a la pantalla ¿estamos haciendo abstracciones, entendiendo conceptos o solo decodificando información? Nicholas Carr diría: «Nuestra capacidad para interpretar el texto, para hacer las conexiones mentales que se forman cuando leemos profundamente y sin distracciones, se están desactivando»  es decir, y parece que es así, la misión de Internet, no es educar, sino entretener, y para esto, recurre al exceso de información (base de la manipulación) , la introducción del bathos, como el cuarto elemento de la retórica de Aristóteles difundida a través de memes, y los Fake News, y por último, el control total del conocimiento, sea este veraz o no.

¿Google, Wikipedia, Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, Vimeo, Telegram, y cientos de plataformas más, nos están haciendo estúpidos como humanidad? ¿Cómo hemos llegado hasta acá? Desde Marshall MacLuhan entendemos que los medios digitales y de comunicación no son pasivos, antes bien, estos suministran la fuente de conocimiento, que da forma al proceso de pensamiento y reflexión.

Por lo tanto, y teniendo en cuenta lo anterior, podemos pensar que Internet afecta la cognición humana, cambia la manera de pensar, y configura la naturaleza del hombre demostrando que no existe una ética intelectual en la  Red, además que sea imposible (al menos por ahora) que exista una, porque ese multi universo compuesto por nodos, clústeres, avenidas de la información se resiste a dejarse formar, sobrepasando a HAL, la supercomputadora humana ideada por Stanley Kubrick en 2001: Una odisea en el espacio.

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