«No han podido reducirla al silencio»: reseña de la obra de Carolina Alvarado

Por Esther Pineda G

Carolina Alvarado López nació en México el 7 de diciembre de 1986, se tituló como licenciada en Creación Literaria la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, obtuvo el posgrado en Literatura mexicana contemporánea en la Universidad Autónoma Metropolitana y, ha realizado estudios en artes plásticas, producción de televisión y cine en México y en Guatemala. Así mismo, se ha desempeñado como documentalista, docente, editora y poeta. Ha publicado los poemarios Amando un cielo libre (2006), Exilio de Sirenas (2012) donde problematiza sobre las condiciones políticas, económicas y socioculturales experimentadas por las mujeres en nuestras sociedades; y más recientemente, Poemas para la revolución (2019).

Este último, Poemas para la revolución, es sin dudas un libro convocante e impostergable, pese a la dureza y lo doloroso de algunos de sus poemas. Carolina hace uso de la poesía como herramienta para la visibilización y denuncia de lo que está mal en la sociedad, de lo que nos oprime, nos afecta, de lo que no queremos que se repita y de lo que queremos cambiar. Poemas para la revolución es una obra trascendental porque además se conecta con la historia personal y familiar de la autora, es lo que la motiva, es el hilo conductor y detonante del poemario.

La autora no teme exponerse, desnudarse, y con ello, desnudar las tramas de desigualdad y violencia de una sociedad marcada por la guerra, la represión, las desapariciones, los asesinatos y la violación de las mujeres para subordinarlas al mandato que se impone. Además el libro posee una notable influencia de las mujeres que forman parte de la vida y la historia de la autora; bisabuela, abuela, madre y tía, lo cual sin dudas influyó en su interés de darles voz a las mujeres desde la poesía, de politizar su experiencia y vivencias, pero sobre todo, de narrar la desigualdad pero también la resistencia.

El mandil como bandera

A Olympe de Gouges
Un clamor ha incendiado Paris
los mandiles caen sobre Versalles:
lavanderas, planchadoras y plumajeras
despeinan las banderas de la monarquía,
sacuden las rejas, los árboles.
—¡Escapad princesas y reyes,
las leprosas no piensan!
—¡Detened a Tisífone en todas las mujeres!
Hay cocineras apresadas,
zapatos en tierra.
Olimpia de Gouges redacta la declaración
de los derechos de la mujer y la ciudadana:
¿hombre, eres capaz de ser justo?
una mujer te lo pregunta.
Mas estando falta de pene que sostenga su discurso,
su voz parece el gruñido de un chimpancé.
—Ridícula— dicen,
—va contra la razón abjurar de tu sexo.
Ridículas las brujas a quienes persiguen,
ridículas las locas a las que encierran,
tanto como las putas a las que matan.
Ridícula, Olimpia, sí, no queda duda,
ridícula, loca, bruja y, de paso, puta también.
Llagas tiene en las manos,
el vestido manchado de tinta,
hoy, puedo verla deambular
en una celda de la Bastilla.
Los muros del tiempo
no han podido reducirla al silencio.
La igualdad es la canción de una loca,
la igualdad puso su cabeza en la guillotina.

La subasta

Una vez atestados los bajeles en África
cae el ancla en los lindes de Marsella.
Se subastan animales de labios gruesos,
las jaulas los retienen.
Algunos irán con el caballero de levita gris
a lavar pisos, a comer burbujas.
El capitán ríe y se queja, de
la mercancía perdida en el piélago.
El corazón negro se agita
en un mar de arena.

Educación para el hogar

En el instituto me enseñaban
a bordar manteles,
a hacer patos con punta de cruz,
el largo correcto de una falda,
a bordar flores,
y el alto adecuado de un tacón.
La maestra enseñaba
a estar ausente, silenciosa,
a soñar
ser el mármol que reverbera en el jardín.
En el instituto me explicaron
como maquillar el golpe:
con bases y azul
─hacia arriba las cremas, los polvos,
evitar arrugas y manchas de sol─.
Contonear la cadera, pararse recta,
ronronear a las flores que se disculpan.
Me enseñaron a bordar gansos
para sellar mi boca.
Entra y sale la aguja,
entra y cruza,
en verde, en blanco.
Oro, azul, suda el sueño,
donde entra, sale la aguja,
cruza el blanco, el verde, el azul.
En otra casa, en otra.
Yo reprobé.

Nacer

Una parvada de cuervos negros
picotea tu cabeza y tú te desplomas.
El momento se repite, una y otra, y otra,
y otra vez.
Las mujeres que entonces te amaban
se perdieron buscándote en la morgue.
La mujer que te sobrevivió,
persigue sombras de vos,
duerme sombras de vos
y te busca en el aire.
Del que muere, se recuerda su vida,
del desaparecido, el día que se lo llevaron.
Pero de vos, el día más importante,
debe ser el día que
al salir de la caverna materna
lloraste por primera vez.
Los actos de tu vida,
valen más que el truco de magia negra
que te sacó del mundo.

Fábrica de muñecas I

Que se detenga esta multiplicación de espejos.
Este artilugio de duplicar las prendas,
de uniformar los rostros con una máscara.
Este militarizar nuestros cuerpos
de ancho, de largo y de cintura.
Este medir
nuestro andar galáctico
bajo un paso marcial.
Este definir cabelleras,
calvas o cortes.
Este medir nuestro costo,
a base de tintura.
Que alguien detenga
esa jauría de cuervos sin plumas,
que prometen removernos los ojos.
Este made in China,
de rubio estandarte;
este olvidar arrullos
y recetas de la abuela;
éste no reconocer
el eco de nuestros pasos.
Que alguien apague esa máquina
que multiplica muñecas.

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