Cuando un leve cambio en el cielo puede significar una bendición o una desgracia: Reseña del poemario «La urdimbre del miedo»

Me resultó atrapante la lectura de Urdimbre del miedo de Aníbal Costilla, poemario recientemente editado por Buenos Aires Poetry.

En él, se materializan la abrumadora soledad en el pueblo un domingo o durante la siesta, el silencio del agotamiento en agosto o de la paz; el entorno rural con sus peones y cosechas, peces y pájaros. Un leve cambio en el cielo puede significar una bendición o una desgracia. El miedo a la pobreza se achica en una oda al río y a los vinos, a la imaginación de historias que contamos o que nos cuentan. Trabajadores incansables encuentran sosiego en la quietud.

Recorremos las peripecias de la niñez entre calor y lluvia hechos verbo y palabra, su inocencia, también la lágrima de la vejez apagada y el violín como voz de la memoria. El objetivo es prolongar la llama lo máximo posible, a veces con guitarreadas, canto, cumbia. Y la naturaleza también entiende de música.

No hay un solo verso que sobre, cada uno es como un puño. Los poemas son de largo aliento y algunos se caracterizan por ser pegadizos como canciones, hay cierto ritmo en la repetición de versos que les da fuerza. Cada poema guarda relación con el anterior o el siguiente, lo cual requiere una lectura atenta.

Se trata de un libro evocador, una fiesta ancestral en un ambiente terroso que permite que la poesía se disfrace de daño y culpa, la herida que genera la belleza o la enseñanza. Costilla, oriundo de Santiago del Estero, es conocido por ser un poeta prolífico y no se queda corto con este poemario.

XXIV

El violín de don Ponciano
descansa y se acuesta en un rincón,
es un pajarito herido que busca
un corazón en el fondo de la jaula.

No se mueve
hasta que una mano teñida de carbones
toca su cuerpo, sopla la pluma de su sonido.
Aguarda al arco que araña su cordaje,
los hilos eléctricos de su felicidad.

La contraseña es un acorde mayor,
hacen silencio los animales de la selva.
Ponciano Luna, hacedor de prodigios,
cuenta historias que todos evocan. 
El instrumento es la voz de la memoria.

XXVI

La escena se repite
en la tarde. Episodio de siempre:
un anciano ingresa
en el edificio municipal.

Toca, como una caricia,
el vidrio de la puerta.
Pero no puede sonreír.
Ha perdido su voz,
se apagó con la inundación.

¿Qué busca el hombre?,
el rostro denso
como la muerte, como la sombra
de su corazón, derrumbe
de una esperanza sin columnas.

Los empleados lo miran,
lo conocen, pero se niegan
la oportunidad de redimirse.
La miseria es contagiosa,
la enfermedad del pobre.

¿Qué busca el hombre?,
agotados su pie y su cadera,
cansadas sus manos, sus ojos sudan.
No son lágrimas, no.
Su llanto no arde, no quema,
hay un carbón apagado
en el fondo de los ojos.

¿Qué busca, qué encuentra el anciano?
La lástima no atiende los lunes,
por eso camina de regreso
hasta volverse un trapito,
un pez de plástico,
doblegado por la corriente,
el agua lo va a hundir.

XXXIII

Agosto suele ser un mes complicado,
difícil, cargado de sobresaltos, insufrible a veces.
Ni la ruda que amanece al lado de las camas
puede garantizar la salud para el futuro.

Al costado de las rutas se ve a la muerte
en los ojos de los animales que fueron atropellados,
involuntariamente, quizás, por los automovilistas.
El polvo del aire comenzará 
a cubrir sus osamentas como una colcha sin remiendos.

La lluvia nunca llega,
y las plantas aprietan los dientes como sombras
que no consiguen explotar. La luz es el horizonte en fuga.
Sabe el polvo esperar, es un buitre que no quita el ojo.

Pero los niños, hijos del fuego,
necesitan los charcos llenos, mojarse los pies,
las plumas de sus ojos brillarán con el día que llega.
Pajaritos de lluvia, risas del viento que rejuvenece al mundo.

Agosto es un mes de cuidados.
Hay que saber elegir la huella para no errar
el destino. Es un mes de estrujar el cansancio,
ponerlo a dormir, dejar que maduren los finales.

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