Teresa Orbegoso y su luz en medio de la oscuridad

Teresa Orbegoso (Lima, 1976). Licenciada en Periodismo. Investigadora social. Escritora. Master en Escritura Creativa en la Universidad Nacional de Tres de Febrero en Buenos Aires, Argentina. Ha publicado entre otros los libros de poesía: Yana wayra (Ed. Urbano marginal, Lima, 2011); Mestiza (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2012); La mujer de la bestia (Ed. Trópico Sur, Uruguay, 2014) y el álbum ilustrado Yuyachkani junto a la artista plástico Zenaida Cajahuaringa (Ed. La purita carne, Lima, 2015). Perú (Hana Harawi) y Abro el miedo, el año 2019.

Conocí a Teresa mediante las redes sociales. Pude leer su poemario y encontré esa sensación de correspondencia desde la experiencia personal. Su poemario Abro el miedo (Hanan Harawi, 2019) es una revelación en medio del caos y que tuvimos la oportunidad de reseñar en el artículo titulado Cosidos a una historia, pues todos compartimos la experiencia que vive Teresa, de alguna manera u otra, como actores principales o secundarios, estamos conectados.. Más ahora en estos tiempos dispersos y complejos. Por ello, en una anterior ocasión descubrimos la poesía, ahora descubramos a la autora. Leamos esta breve entrevista a la poeta peruana Teresa Orbegoso quien, gentilmente, pudo responder las preguntas que le he planteado en medio de un contexto tan difícil y complejo. No es solo la escritora, sino que es la persona titánica en esta obra de revelación luminosa.

¿Quién es Teresa Orbegoso en tres tiempos? Antes de Abro del miedo, durante y el después (la actualidad)

En toda la experiencia con mi cáncer comprendí que la mujer tomada por la enfermedad podía aún imaginar mar, montaña. Comprendí que debía poner entre paréntesis a la muerte mientras escribía los poemas de Abro el miedo. Debía protegerme del caos y la violencia que la palabra cáncer carga en nuestras sociedades a través de la recuperación de mis propias palabras. Las que aún no conocía, pero comenzaría a conocer. Tenía que enterrar ese lenguaje, sólo así aún podía verse en el cielo, en la oración. Cuando pienso en mí no puedo dejar de pensar en mis tres tumores, en los problemas que tuve para respirar, en el dolor de cabeza y de espalda. Pienso que he tenido que aprender a entender que mi cuerpo está hecho de lucha, de derrota y de resistencia y que los dolores en el brazo, en el pecho y en la espalda con los que convivo todos los días no me deben quitar la posibilidad de imaginar y de ver belleza. Salir del mundo por una enfermedad como el cáncer te hace reconocer inmediatamente que muchas cosas están mal. Ya no eres tratada como antes. Eres un sujeto que en cierta medida ha dejado de serle útil al sistema y por ello, serás castigada de muchas formas. La situación se complica si no accedes a ningún tipo de seguro. Y el Estado peruano es terrible en cuanto al cuidado de nuestra salud. Entonces comienzas a repensarte completamente como mujer, como trabajadora del arte y como humana. En cierta medida uno muere muchas veces. Abro el miedo es una apuesta amorosa frente a toda la miseria a la que se ha expuesto mi cuerpo tantas veces y con esto me refiero a las múltiples operaciones a las que he sido sometida, a mi paso por distintos hospitales en Perú y Argentina como paciente, al trato insensible de diversos profesionales de la salud, al pensar que iba a morir porque así me lo hicieron creer algunas personas.  

¿Cómo afrontar el proceso creativo y estético de la obra considerando las circunstancias vividas?

Una poeta argentina me dijo que no iban a ser los libros los que me salvarían sino mis emociones. Era el momento de prestarles atención porque era lo que tenía a flor de piel. El cáncer primero te enmudece, te lleva al terreno de la incomprensión, después al silencio y finalmente, a la búsqueda de la calma. Piensas en tus muertos, puedes hermanarte con todas esas muertes como una prolongación de tu propia comprensión sanadora. Entonces comienzas a valorar profundamente sus vidas, las de todos aquellos que han formado parte de tu historia y de las que no y piensas y sientes a cada una de ellas como si fuera la propia y te fundes con ellas. Y comprendes la existencia humana como esa enorme red amorosa por la que estamos envueltos todos y por la que vale la pena seguir luchando, seguir escribiendo. Pero aunque ahora sabes de todos modos se te caen las lágrimas. Quizá el momento más importante sea el del silencio porque permite limpiarte de todo lo que se dice a diario sobre la vida y las cosas del mundo, incluso sobre tu propia enfermedad. Entonces aprendes a renombrar ese mundo como si él fuera un piano frente al cual tienes que aprender a componer música. Y hacer música de tu cáncer no es fácil porque hay que despojarlo de sus falsos ropajes, los tuyos y los ajenos. El libro comienza diciendo: Escucha todo lo que dice en tu cáncer. ¿Alguien podrá oírlo contigo? Abro el miedo es una obra escrita desde una multiplicidad de voces, de planos discursivos, no es solipsista, es más bien una apuesta comunitaria y política.

La típica pregunta sobre la voluntad y la fortaleza frente al miedo no debería ser realizada, porque es el mundo quien nos exprime para hablar, pero ¿cómo abrazaste el dolor y la enfermedad? ¿Qué encontraste de ti frente a esto? ¿Cómo germina la obra?

Escribí Abro el miedo pensando mi cuerpo como mi territorio, como mi continente. Importaba afirmar mi propia existencia y la existencia de América, dos cuerpos sometidos por fuerzas extrañas. Equivalencias de una misma figura a la que yo pertenecía. Liberarlos involucraba reescribir la historia de esta enfermedad. Debía trascender el lenguaje que lo vaciaba. El cáncer que es vinculado a nuestros órganos debía ampliar la posibilidad de su nombre a los valores, a los sentimientos, a los elementos. Quería unir su sentido aterrador a lo que no lo es: la justicia, la verdad, la belleza. Buscaba el encuentro, el diálogo de lo tremendo con lo que hemos afirmado como bienes para nuestras sociedades. Quería que el cáncer sufriera una conversión y en esa conversión había una apuesta política, estaba la sanación.

En diversas ocasiones, la enfermedad mella en lo físico, pero al leer Abro el miedo apreciamos que lo físico queda en un plano secundario y el alma poética, ese ser metafísico, se desprende para hablarnos, ¿qué nos quisiste decir sin el verso de por medio?

Comprendí que había poesía después del cáncer, que desde ese lugar caótico y desbaratado todavía podíamos imaginar. La paciente con cáncer era existiendo, construyendo posibles maneras de mundo. Y el poder sanar para mí implicaba ser en el mundo. Como poeta me protegía y me curaba del mundo haciendo algo con él. Cuestionaba. Quería saber desde mi no saber. Esa era una fortaleza que no me permitía regresar. Y mi cáncer me guió como un maestro. Con voz profética se acercó a mí: tu pecho será vaciado y luego inflado con agua de mar. Y en ese acercarse me fue pidiendo: que recordara, que aceptara la angustia. Me pedía que le hablara a lo que existe. Que pusiera mi atención en el amado, en lo amado, que me reconciliara sin transar, sin que nada se borrase y que resistiera.

Ahora, profundizando un poco más en la obra, ¿nos podrías detallar el proceso elaborativo del poemario? Las editoriales, las personas, los compañeros del camino, todos quienes intervienen directa e indirectamente.

Alguna vez en la casa del poeta argentino Alberto Szpunberg, mientras conversábamos, él me preguntó: ¿Escuchás? En ese momento, comprendí que la poesía significaba poner entre paréntesis a todas las cosas que normalmente advertimos para escuchar por primera vez. Así se gestaron las palabras de mi cáncer. El cáncer como la poesía suponía oír lo extraño. El cáncer se presentaba ante mí como una selva roja que latía como un hervidero sonoro y eterno. Una especie de bosque infernal que iba creciendo dentro de mi pecho hasta no saber cuándo sus profundas raíces dejarían de hacerlo. Entendía por qué mi cuerpo de pronto me hablaba en otra lengua. Había en mí la necesidad, como paciente, en medio de todo el caos de lo que era vivir con un cáncer de mama, de manifestar mi existencia.

Faltaba entonces encontrar desde dónde hablaría mi cáncer. Entonces recordé un juego que de niña practicaba e indicaba acciones: Simón dice. Mi cáncer diría, hablaría, tendría personalidad, sería lírico. Debo confesar además que un pequeño momento del diario de muerte de Gonzalo Millán: Veneno del escorpión azul me ayudó a entender que debía hablar con mis células que no querían morir. El fragmento dice: Habla con tu cáncer/ Hazle preguntas a ese enjambre de células descarriadas. Así se fundaría la idea de diálogo entre mi yo poético y el yo poético de mi cáncer. Mi cáncer dice comulgaría con Abro el miedo. Una pareja discursiva que se uniría a la cosmogonía del cáncer y la larga lista de las existencias que escuchaba mientras pensaba en mi propia muerte. Los libros “Alfabeto” y “Eso” de Inger Christensen fueron fundamentales para construir el otro origen del cáncer y reescribir mi propia manera de nombrar el mundo.

Los poetas María Negroni y Claudio Archubi me ayudaron a hilar el diálogo entre los cuatro planos discursivos que tiene el libro. Allí estaban el cáncer que dice junto a la paciente que abre el miedo y la paciente hablándole a Inger sobre la historia de su cáncer y sus existentes.

Marcela Zelikowicz completaba el quinto plano discursivo creando las imágenes para cada parte: Herida, Cirugía, Sutura y Cicatriz.

Prosiguiendo, y entendiendo que este libro tiene un tinte catártico (sin caer exclusivamente en ello), ¿cómo acoger Abro el miedo, una obra tan personal, en estos tiempos de crisis sanitaria y social? El dolor, el miedo, la angustia, son aguijones que atormentan a varios, pero en tu caminar se aprecia el proseguir, el no derrumbarse ante la indiferencia del colectivo. ¿Cómo afrontarlo desde lo poético, desde la estética de la palabra?

Hay una guerra que se libra y no sabemos cuándo terminará realmente. Todos hemos sido heridos. Todos nos podemos enfermar ante cualquier descuido. Nunca antes la vida había estado en las manos de cualquiera. Los más frágiles por longevidad, enfermedades crónicas, podemos morir más fácilmente en la absoluta soledad y sin hacer ruído. Quizá la pandemia y el cáncer existan para volver a conectarnos con nuestra intimidad, aquella que, como reconoce Zurita, nos devuelve a toda la humanidad.

He soñado con el cáncer y con el Coronavirus como dos grandes titanes y yo en el medio como un ser diminuto. Los he visto luchar incansablemente por ver quién se queda con mi cuerpo. He vuelto a sentir miedo y he tenido que volver a abrirlo. He perdido la razón en este encierro de más de nueve meses y he estado a punto de ser internada en una residencia para enfermos mentales en Argentina. He tenido que tomar un vuelo humanitario para volver al Perú y esperar aquí por la radioterapia que, por mi crisis mental, no pude iniciar en Buenos Aires. He tenido que recuperar con terapia y medicamentos mi equilibrio psíquico para poder luchar junto a la solidaridad de mis amigos por ser reconocida y atendida como paciente por el sistema de salud peruano. Llevo doce años viviendo en Buenos Aires, pero nunca antes me había sentido tan extranjera. He escrito algunos poemas, casi nada, en verdad. He tratado de escuchar, pero no he podido. Han muerto amigos muy queridos, demasiadas personas en el mundo. He sentido la precariedad en la que nos movemos los trabajadores del arte. No he podido dar mucho. Una tristeza profunda me ha embargado y me ha costado sostener a otros con poesía, incluso a mí misma. Esta pandemia nos ha recordado, como señala la filósofa Chantal Maillard, que la vida en este planeta, aunque no querramos reconocerlo, no se sostendría sin la muerte. Que la muerte forma parte de la vida. Aceptar nuestra condición quizá podría ayudarnos a cambiar ampliamente nuestra forma de estar en la Tierra. Entender siempre que nada es seguro y estable para nosotros todo el tiempo debería guiarnos, pero no es así.

Escribir Abro el miedo implicó poner la mirada sobre aquello que más dolía: el cuerpo con cáncer. Aquello que la gente, los medios prefieren no nombrar porque no es placentero, porque prefieren no pensar, prefieren olvidar, prefieren no entender el origen de sus experiencias más dolorosas. Cuando hice ese viaje a los ínferos, cuando pude amar mi pecho operado la existencia adquirió su fuerza, su plenitud. Por ello, para mí plantear lo estético en tiempos de pandemia implica seguir este mismo camino.

Recuerdo la película del mexicano Ernesto Contreras: “Sueño en otro idioma”. En esta historia, Isauro y Evaristo son los últimos hablantes de la lengua zikril, una lengua inventada, a la que ponen en riesgo de extinción debido a una pelea amorosa del pasado entre ellos. Temiendo que el idioma desaparezca, un joven lingüista llega a este pueblo para tratar de rescatarlo e interceder en la pelea entre los dos ancianos. Menciono este film porque los hermanos y guionistas Contreras han reconocido además, en una entrevista para el diario El País, que crecieron escuchando a su abuela paterna hablar zapoteco y que ello no era motivo de orgullo cuando eran niños sino más bien de vergüenza. Y que, en parte, el motivo de hacer la cinta implicaba corregir este error del pasado. Y que el sikril era un regalo para ella. Como en Abro el miedo, donde se crea un nuevo origen y una cosmogonía para hablar del cáncer, en un Sueño en otro idioma, la invención de una lengua como el sikril, que incluso va más allá de lo humano y comunica con todos los animales de la selva, permite recuperar el valor que para nosotros deben tener nuestras culturas originarias, que vienen desapareciendo hace mucho sin que nos demos cuenta de toda la riqueza y el conocimiento que perdemos. Darse cuenta, volver sobre lo vivido, reverlo, revisar con el corazón es mi apuesta estética para este tiempo.

Entonces entendí que el dolor no se detiene. Sigue ahí, pero uno lo puede domesticar, hacerlo propio. En estas líneas, Teresa nos brinda lúcidas y contundentes reflexiones desde su propia experiencia. En tiempos donde lo material vale más, ella nos presenta luces y sombras del miedo y del dolor que se conjugan, pero que no ahogan. Teresa nos revela, nos enseña y nos acompaña. Por ello, encontramos en su poesía una pedagogía existencial que es necesario leer y vislumbrar.

Escrito por

Emilio Paz Panana (Lima, 1990) Profesor de Filosofía y Religión, egresado de la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Tiene publicados “Septiembre en el silencio” (Club de lectura poética, 2016), “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre, N°394, 2018), “La balada de los desterrados” (Ángeles del Papel Editores, 2019) "Mar profundo: Antología personal" (Lp5 editora, Chile, 2020), además de estar trabajando en unos libros de poesía y cuento que saldrán publicados en Chile, España, Bulgaria e Italia el próximo año, además de compilar diversas antologías internacionales. Posee trabajos publicados en diversos medios de Perú, México, Chile, España, Venezuela, Estados Unidos, Argentina, India, Ecuador, Rumanía, Costa Rica, Suecia, Alemania, Italia, Cuba, Uzbekistán, Bulgaria, Francia, China, Grecia, Bangladés, Macedonia del Norte, República Checa, Colombia, El Salvador, Serbia, Guatemala; siendo traducido al rumano, francés, griego, chino, checo, macedonio, italiano, búlgaro, uzbesko, inglés y tamil. Ha ganado el “Mes de las Letras” (abril, 2017) de la Fundación Marco Antonio Corcuera y el IX Concurso internacional de poesía y cuento – Perú 2019 organizado por la revista “El Parnaso del Nuevo Mundo”. Ha participado de diversos recitales poéticos, congresos de filosofía, siendo su línea de investigación la relación entre estética, poesía y educación. Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía”, la revista Kametsa y los recitales benéficos Las voces del colibrí. Colabora en los portales Liberoamerica de Argentina y Cardenal de México.

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