Selección de poemas de Esther Pineda G. (Caracas, 1985)

Esther Pineda G. nació en Caracas, Venezuela en 1985. Socióloga, Magíster Scientiarum en Estudios de la Mujer, Doctora y Postdoctora en Ciencias Sociales. Es escritora, comprometida con el feminismo y el antirracismo. Entre sus publicaciones más recientes destacan Machismo y vindicación, Cultura Femicida. El riesgo de ser mujer en América Latina, y Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer (Prometeo Libros), Transgresoras. Un recorrido por la poética feminista latinoamericana (Milena Caserola) y Resentida (Editorial Sudestada) su primer libro de poesía.

A continuación, les compartimos poemas de su flamante libro Resentida:

Civilización


Minimizaste mi existencia
Saqueaste mis recursos
Me arrancaste de mi tierra
Me trataste como bestia
Comerciaste con mi cuerpo
Me esclavizaste
Me quitaste a mi familia
Vendiste a mis hijos
Me negaste el amor
Excluiste mi cultura
Despreciaste mi herencia
Me impusiste tu religión
Me marcaste con tu látigo
Prohibiste mi lengua
Me obligaste a comer tus sobras
Me hiciste vestir tus harapos
Me violaste
Invadiste mi vientre
Me obligaste a amamantar
a mis futuros opresores
Me negaste la libertad
Me quemaste viva
Me ahorcaste en los árboles
Me segregaste
Me impediste educarme
Me dejaste los peores trabajos
Me encerrarse en los guetos

Me llevaste a las adicciones
Me condenaste a la cárcel
Me atribuirse la violencia
Me estereotipaste
Me sigues asesinando.
Disculpa si no te agradezco
por habernos traído
tanta “civilización”.

Las vidas negras no te importan
Nos dices negros de mierda.
Repites “algo habrán hecho”.
Tomas tu bolso con fuerza
cuando pasamos a tu lado.
Crees que somos los meseros
del restaurante en el que comes.
Nos confundes con el personal de limpieza
en los lugares que visitas.
Nos vigilas en las tiendas y supermercados.
No nos crees capaces de comprar
las porquerías que vendes.
No nos dejas entrar a tus espacios
porque te reservas “el derecho de admisión”.
Nos colocas sobrenombres
que nos ridiculizan.
Folklorizas nuestra cultura.
Criminalizas nuestra raza.
Hipersexualizas nuestros cuerpos.
Nos niegas los empleos.
Nos condenas a vivir en las periferias.
Repites que somos agresivos y violentos.
Insistes en que de haber acatado
las órdenes de la policía,
seguiríamos con vida.
Pero en Twitter escribes
BlackLivesMatters.

Silencio


La feminidad
durante siglos ha sido
una condena de silencio.

En la historia
el hombre se negó a reconocer
a la mujer como su igual.
Los libros las silenciaron,
las obviaron,
las ignoraron,
las desaparecieron,
y la niña que en la escuela
se atrevió a preguntar el motivo
rápidamente
se le administró castigo.
En la casa familiar
el mandato era paterno:
las mujeres lavan, cocinan, limpian,
los hombres producen y administran
propiedades y dinero.
Al llegar a casa esperan atenciones,
complacencias
una cena caliente
y un cuerpo dispuesto.
A la esposa que se niega
por la fuerza,
el sexo le es impuesto.
Al trabajo accedieron
cuando ellos lo quisieron,
víctimas de acoso
con menor paga
y en peores puestos.
Cuando ellas ascendieron
nadie pensó que hicieron mérito,
el rumor apareció
haciendo lo suyo en ese evento.
En los pasillos se escuchaba:
la “putería” fue la moneda
de intercambio en ese acuerdo.
Pero no bastó con ello,
los medios también invadieron
sus mentes y sus cuerpos.
Su inteligencia
su valentía
su audacia,
en un antivalor
la televisión fue convirtiendo.
La publicidad,
el cine y las novelas
le vendieron la idea
de que sin belleza, un marido y un hijo,
su vida estaba incompleta,
y con esa artimaña
el poder y la voz de la mujer
fueron reduciendo.
En los hombres también
lo propio fueron haciendo,
les enseñaron a (mal)tratar a las mujeres
y le dieron permiso para humillarlas
para acosarlas
para insultarlas
para violarlas
para matarlas.
Y cuando esa mujer condenada al silencio
por un hombre fue silenciada,
los medios no dijeron que fue asesinada
por el contrario
reseñaron que “muerta fue encontrada”.
Y desfilaron en la prensa
familiares y amigos,
la policía,
expertos y testigos,
y todos concluyeron
que algo ella habría hecho
que ese macho se puso violento,
que si ella
no hubiese guardado silencio
hoy no habría crimen,
ni muerta,
ni vela,
ni entierro.

Conmigo no cuenten


Conmigo no cuenten
para defender
a quien nos mata,
yo no escondo agresores
bajo mis faldas.
Conmigo no cuenten
para silenciar
a las mujeres
que ya no callan,
que han perdido el miedo
y muestran sus heridas
ante las cámaras.
Conmigo no cuenten
para disciplinar
a las mujeres
que están cansadas,
de que las acosen
las violen
las prostituyan,
y, muertas, las desechen
cuando ya no hay ganancia.

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