Porfirio Salazar: Armagedón está cerca

Cuatro poemas del escritor panameño Porfirio Salazar:

ELEGIA DE LA ESTATUA

                                  “Eres los muertos…
                                  -Jorge Luis Borges-

I

Tiempo labrado con las manos,
futuro que fue y no será,
siento que en silencio oyes
mi palabra triste y desnuda
que tirita en el espacio,
nube rota y amarga.
¿Acaso el viento te enseñó que es pérfida la noche?
He visto tu mirada de horizonte.
Y me has visto esparcir
mis pasos en la noche
cuando el humo invadía los arrabales
y las horas se repartían en cenizas.
Los pájaros te dejan su vuelo
y las escarchas que humillan tu libertad.
Cautiva y enterrada,
eres el mártir, el santo, el héroe,
eres el perdón, la gracia o la clemencia.
II

Encuentro tus cicatrices en la historia
que se repite cuando hablamos y hacemos,
forma de suplicio.
Despierta: quien talló tu fantasma
porta un ramillete de laureles podridos.
Despierta: la batalla ya no es tuya.
Hay otros seres que reclaman tu lugar,
tu enigma de solapadas imágenes.

ARMAGEDÓN ESTÁ CERCA
Igual al uniforme del hambre
con que suelen vestirse los días de la pena,
es el ropaje del amor, del grito y del latido.
Hay tantos disparos en el aire
y tanta sangre de inocentes todavía
que nadie ha escrito la crónica oficial
de la tragedia.
Solos, perdidos,
con el cadáver de una flor sedienta
creciendo en los jardines abatidos por el viento,
hemos crecido
y nuestra suciedad se ha ido puliendo
desde adentro,
y ya no es posible distinguir
la noche de la sombra,
la ausencia tibia del silencio.

Vendrán días peores, ya lo creo.
Y seguirán los pasos cayendo
en la terraza donde se encienden
los oscuros caminos y otras pestes.
Solos, perdidos,
perdidos, siempre callados.

Consumados en el rezo de un Dios inocente
que bajará, espero,
con el ropaje humano,
a explicarnos qué pasó,
a decirnos quién cerró las puertas
encendidas del crepúsculo,
a revelarnos quién arrojó al río
de la derrota el filo de la esperanza.

Porque si cada hombre
siembra el pan
y en el río donde brota el mar
hay un nuevo camino por abrir,
habrá sosiego y paz
y siempre habrá otro río.
Porque cuando dos alas se cierran,
un millón se abren a la resistencia
por no partir el vuelo.
Porque cuando se abren los ojos
para ver el camino,
la noche y el día
vuelven a brillar de otro modo,
sin aquel uniforme de hambre
con que suelen vestirse
los días de la pena.

PREDICAMENTO
(Tema para canción)
 
Amar el canto, amar la vida,
amar al hombre, a la mujer y a los felices.
Amar al pájaro.
Amar la noche.
Amar la sombra.
Amar el viento, su guitarra.
Amar la dicha si es sincera.
Amarla sin romper el alma.
Amar a Dios, cristal ausente,
y amar al roto y al caído,
y al perdido y al presente.
Amar la casa, amar la madre,
amar los años que perdimos
buscando a nuestro padre.
Amar la vida verdadera,
amar al cuerpo y su deseo.
Amar el mar
y ver que el mar era la huella.
Amar la paz, amar la guerra.
Amar la rabia,
Amar las alas.
Amar el alma entera
si el pesar florece.
Amar la rosa
y al ungido.
Amar la tierra buena.
Amar sin mar aquel milagro.
Amar y ser amor hasta en el lecho.
Y no decir jamás cuando se ama.

LA CABEZA DEL ÍDOLO
I
Primero Dios, la hazaña revelada.
Después la guerra, el impuesto,
empuñadura y crucifijo,
oculta servidumbre y látigo,
cilicio de dogma por la sangre sierva.

Frente a los mercaderes,
en la mesa de frutas prohibidas para el mundo:
la justificación del odio,
la artillería, los azotes y las armas tributarias,
los aceites y el elixir
para limpiar la piel de tanta cárcel.

Un mundo, el nuestro,
de espaldas al gentío,
con la cabeza del ídolo en el ceño,
con la cabeza del ídolo en los pórticos,
con el sacrificio
sobre el túmulo:
campanarios que nos golpean
la conciencia,
de día y de noche,
más allá de la vigilia,
en los hornos del sueño,
sobre los cuerpos del despertar.

El día abre sus brazos para levantarnos
y otra vez lanzarnos al pozo de nuestras dudas.
Y tú, hombre o mujer,
con las manos del ídolo
en postura de arpa para el rito:
gloria de añorar la sepultura.
II
El ídolo está despierto.
Tú le das vida
con tus actos y tus rezos,
con tu risa y tus pecados más ocultos
que huyen de ti / ratas podridas/
aires de verdugo
antes del patíbulo,
manos soñolientas en el sexo como arcilla/
Con tu lengua podas la verdad
para no ver en tu silencio
sólo espumas de desprecio.

III
Tú, la dispersión,
el universo
que se adentra en cada túmulo.
Alguien lavará la túnica del siglo
y el siempre corazón diezmado.
Alguien rugirá
la letanía que escuchan
nuestros remordimientos
cuando el ídolo se acerca
y sueña junto a todos.
A ese ídolo lo busco,
tiene múltiples espectros
y sus múltiples ojos no me ven.

IV
Desde su altar de cueva,
lo llamo.
Huyó, se esconde,
está aquí,
desaparece,
luego entra a mi cuerpo
y toma posesión del triángulo,
lo arranca,
me parte los brazos mentales
con los que toco cada pensamiento,
me envenena contra el otro ídolo,
su enemigo y gemelo.

Yo,
mi cabeza
y la cabeza del ídolo.



Datos del autor:

Porfirio Salazar (Penonomé, provincia de Coclé, 5 de marzo de 1970).   Es Premio Nacional de Poesía Ricardo Miró (el más importante reconocimiento de las letras panameñas) en 1998 con la obra: No reinarán las ruinas para siempre, y en 1999, con la obra: Ritos por la paz y otros rencores.  En el 2008 obtiene el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán con el libro Animal, sombra mía.    Con el libro La Piel en la llama: identidad y literatura en perspectiva histórica obtiene el Premio Ricardo Miró de Ensayo 2009.   El fuego despierto es su último libro de ensayos, con prólogo de Pedro Rivera.

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