El libro del carnero: La poesía de Josué Andrés Moz

Josué Andrés Moz (San Salvador, 1994). Es poeta y gestor cultural. Actual egresado de la Licenciatura en Letras por la Universidad de El Salvador. Ha publicado poemas en diversas revistas literarias, así como en distintas antologías dentro y fuera de su país.  Publicó Carcoma (Editorial La Chifurnia, 2017), Pesebre (Editorial La Chifurnia, 2018), Babel (Malpaso ediciones, 2020). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, árabe y francés. En los últimos años ha participado en congresos y festivales de literatura, entre ellos: l Festival Internacional de Poesía de Aguacatán (Guatemala, 2018), Primer Encuentro Centroamericano de Escritores Edilberto Cardona Bulnes (Honduras, 2018), Primer Congreso Centroamericano de Literatura (USAC, 2019) y en la trigésima edición del Festival Internacional de poesía de Medellín.

La poesía de Josué Andrés Moz podría resumirse en una palabra: mortal. Sin embargo, definirlo así, a la vez, es reducir el profundo valor imaginativo de cada una de sus composiciones. Los versos que componen El libro del carnero (Editorial EquiZZero, 2021) son capaces de erizar la piel y, sin pensarlo, arrojarlos sobre las rocas para sentir su suavidad. Porque no hay otra forme de comentar el tan potente inicio de un libro como con este poema:

Válium

No abras la puerta madre
en esta habitación hay un canto siniestro de fármacos y jeringas
un hombre pronunciando el nombre de la tristeza
un hueso deforme que asemeja la dureza del corazón.

Madre detrás de mis ojos están los ojos muertos de mi hermano
detrás de mis manos de mi voz de mi angustia de mi sombra iluminada por las moscas.

Madre no abras la puerta
puede ser que las bestias arrullen el alma de tu hijo
que los chacales extingan su cordura sobre mi carne
que mi risa recuerde a una mañana lluviosa en el cementerio.

Madre ¿quién está parado al otro lado de mis años?
¿quién se ríe de nosotros y voltea su mirada hacia la tumba?
¿cuántas veces mis lágrimas te han quebrado los ojos
y pulverizado caricias que dejaron los fantasmas de los últimos años?

Qué vergüenza haber nacido muerto qué vergüenza haber nacido
en este oficio eterno de Caín levantando reinos
con este espíritu de Lázaro ignorando la voz de Cristo
con esta geografía de labios sin labios de rostro sin beso
con estas treinta monedas de plata sobre mi lengua.

No abras la puerta madre
puede que te encuentres retratada sobre mis ojos
que la primera palabra que escuches
la hayan escrito los escarabajos entre mis dientes.

En donde el grito desgarrador se confabula con aquella advertencia tácita de cuando peleamos con Dios. ¿Cuál Dios? Porque la figura del carnero es la imagen representativa del demonio en la religión cristiana de origen judío. Sin embargo, no es solo un símbolo sino una afrenta, un reto. Un renegar constante como lo hace Capaneo en la obra de Dante Alighieri. ¿Quiénes somos nosotros frente al mundo armado? Por eso lo enfrentamos, desde nuestra realidad, desde nuestro ser. Lo quebrado se arma. Lo roto se recicla. Pero dentro de todo este proceso, el genio o la locura, salen en el camino del ser humano.

Blanca

Blanca siempre blanca la locura
desde su nieve que anuncia dos veces el invierno
desde su amargura que es dos veces muerte.

___________________ (Al filo de la navaja llega como estrella mutilada ante la noche)

La sangre ahora blanca sobre el vientre de las bestias.
___________________Los ojos tibios del ciervo sobre el lenguaje del hombre.

La nada a través de los signos
a través de las horas trituradas en la mandíbula del perro
a través de las palabras arrodilladas en la página.

La nada y su herida despierta y sus botellas vacías
y su párpado como corazón cerrado frente a los nombres.

___________________ (El hombre ha sembrado su ruina en la cabeza de un alfiler)

Sus nervios tensos como cuerdas de violín contra el delirio
su cuerpo frágil y absurdo calcinado entre la lluvia
su primer llanto sepultado bajo su última muerte.

Blanca siempre blanca la locura
desde su nieve que anuncia dos veces el invierno
desde su amargura que es dos veces muerte
sílaba deforme derramada entre labios devorados por gusanos.

(Palabras muertas cicatrizadas
entre las palabras de los vivos)

Porque nosotros nos volvemos en títeres en las manos del dueño. ¿Dios es el dueño? Quizá. Pero Josué lo reta, lo confronta. Desmitifica lo divino para poder aterrizar en los umbrales de un basto terreno donde el hombre tenga la última palabra. ¿Cómo disfrutar? De la mano de la vida, del adiós, de la despedida. Como un destino estético planteado por Kierkegaard. Como una rama que cae, pero que no muere. La semilla se entierra y renace. El mundo gira. Así avanza. Como el humo que asciende y que se enlaza con los suyos.

Nicotina

La araña teje en mis pulmones
la raíz de mi próximo nacimiento.

Sin embargo, la poética de Josué Andrés Moz no solo discurre en los campos teológicos y teleológicos, sino que va acompañada, fuertemente, de un matiz social que se diluye como agua entre los dedos. Un reclamo salvaje para encontrarse entre los diversos matices: sociedad, familia, futuro, muerte. No hay eslabones rotos de una cadena, sino que se transforman en alicientes pequeños que logran construir torres de marfil que se vuelven escaleras al Empíreo. Paradoja, pues, al inicio, se reclama a un Dios travieso, a aquel pequeño que juega con sus sombras, pero, después, se vuelve a enlazar ese juego entre el escritor y la trascendencia, la metafísica de la vida que amilana el dolor.

Grafitti: Ensayo acerca de la orfandad

Ha nacido el hijo abandonado que abandonará a sus hijos,
aquella navaja que desconocerá lentamente todos los abrazos.

No toda muerte es pólvora en las manos
ni cualquier nacimiento significa olvido ante la tristeza.

Con piedras en los bolsillos y clavos en la boca
ha nacido la muerte del niño que pronto ha de nacer.

El amor fue olvidado en los recintos de la fiebre.

Los besos que antes recorrieron el vientre
son delgadas sombras en el eco de los pasos
y toda la humedad acariciada aquella noche
ahora es una constelación de charcos predecibles abandonando la sonrisa.

Nada hay del viejo pesebre que podamos admirar,
nada en la voz del padre que ha prometido su regreso,
nada adentro de la cueva ante el rostro y la renuncia,
ante su tercer día hecho de tanta espera,
hecho de tantos años de moscas enterradas en los huesos.

Esta sangre que es a la vez hemorragia de sí misma:
dibuja en la cabeza de otro hijo
el beso que nunca le entregaron al nacer.

Entonces llegamos a un nudo. Ni todos los caballos del rey pueden calmar y saciar el miedo personal, la ira confrontancional. El toro que embiste es el toro de la muerte, este es el momento donde Moz se convierte en el carnero que anuncia el reto, la prima docta de convertirse en Capaneo, en aquel que se levanta contra su creador, contra la vida, contra el sistema que rige el ir y el venir de la humanidad. Somos halos de luz que se mueven en el vaivén cósmico. Pero somos devorados por las ideas divinas, por la gracia al cielo o el miedo al infierno.

Lamento del carnero

El principio del terror es una página en blanco. La memoria arroja su sangre por la nuestra. Ambición estéril escupen los años, ambición de encontrarse al otro lado del fracaso. Madre, ¿me escuchas? Estoy escribiendo sobre una lápida que lleva el nombre de tus hijos y de los nietos que no llegaste a conocer. Nada. Nadie tiene sentido. Ninguna mano tapa mi vergüenza, ningún latido esconde mi morir. Me duelo doliendo tu dolor; me lloro viéndome llorar tu llanto. El principio del terror es una colmena que se agita, una lengua que se desliza por la espalda, un silbido que atraviesa los huesos, el páncreas, el hígado, los pulmones. He llegado para observar tus restos y los restos de mi niñez, para verme devorado por espejos y escuchar tu canto silenciando mis pupilas. Otra vez nazco derrotado en esta tierra, sobre dos guantes blancos y fríos, sobre el aroma ruidoso de la tristeza. Desde aquí te escribo, madre, desde tu vientre y mi renuncia. Este dolor no será importante para los periódicos, la conmiseración o para escribir un gran poema. No tendrá la estatura del vacío, ni cubrirá siquiera la geografía de mi soledad. Estoy solo desde antes que te fueras: desde que mi padre fue detestado por el suyo, enterrando los juegos a punta de patadas en sus costillas. El principio del terror es una cruz dibujada frente a mi voz, un abismo colmado por los colores del naufragio, una barca lluviosa estacionada a las orillas del invierno.

Entonces, una vez el reclamo, viene la ruptura. Uno ya no es uno ni otro, es de la nada. Pero no de la nada nihilista, sino de la nada liberada, de la que no tiene que responder al infinito ni al sentido, tampoco a la locura ni a la diversidad. No cae en la ironía ni en la burla. Porque algo más oscuro no es la misma oscuridad, sino el miedo a agachar la cabeza contra un ser que juega. Un ente, una realidad, una vida que se sumerge como los peces abisales en el profundo mar que devora al sol. La ironía se vuelve en raciocinio, el calmado proceso de crecer se transforma en un camino silencioso que se cumple con la revolución. No hay mal. No hay bien. Solo está el hijo de Nietzsche que conquista su propio ser metafísico.

Estrecha fotografía de Humpty Dumpty

El lenguaje es ruptura del cuerpo y la caída balbuceo del cráneo. Pronunciar la carne es buscar el origen del muro: amanecer entre los ojos de los caballos. Humpty Dumpty ha caído sobre su propia lengua. De nada sirve preguntarse cuántos ladrillos escribió con su nombre, cuántas caídas esperaron la suya. Humpty Dumpty escribe en su calendario las fechas que nunca fueron inventadas, los cigarros que nunca fueron encendidos. Fuera de la legalidad: Humptydumpty es la palabra del niño que ha nacido demasiado viejo. A Humpty Dumpty no le gusta el llanto de Huidobro, y dice que el origen es una mentira, nada de «Mitradente, Mitrapausa, Mitralonga» y menos cuando esto necesita mucha seriedad para poder existir. Las mayúsculas son como gritos dice HUMPTY DUMPTY, y no comprende hasta ahora las pretensiones de Vicente. Dice que los paracaídas fueron inventados para aquellos cuya redontella significa encontrarse tallerendo a orillas del lucenario. En el ojo de Humpty Dumpty: no encontrarán séptimos cantos. «El mayor canto es el silencio» dijo -mientras no pronunció ninguna de sus palabras. Para Humpty Dumpty es imposible encontrar un montresol al lado de una mandotrina, eso es obvio, si el tempovío no madruga con los ojos abiertos. Para Humpty Dumpty la definición es el espejo de las contradicciones. Los diccionarios existen para negar la fragilidad de nuestros cuerpos: para detener el rebote detrás del rumor de nuestra caída. A Humpty Dumpty no le importa encontrar su desnudez en el plato del rey, ni respirar su retrato en la saliva del pordiosero. Humpty Dumpty es la negación de lo que alguna vez ha sido negado. Una sola de las palabras puede ser la misma soledad. Y la afirmación de la muerte una semilla que nace en el vientre de los pájaros. No intenten definir a Humpty Dumpty: él es un huevo que ha caído torpemente desde un muro y nada más.

Pero la locura y reclamo de Josué André Moz no se vuelve bohemia. Porque en medio de la pena o del silencio, él, el poeta, se levanta para brindar bríos de esperanza. Sabiduría en vuelo corto para sobrevivir el apocalipsis. Ya que en el fondo, esa humanidad siempre despierta. No hay existencia ni divinidad que logren arrebatar la libertad del hombre. La naturaleza humana es la libertad y ese es el eje central de El libro del carnero.

Recomendación para el buen lector

No odies a la hormiga que devora al pájaro,
ni ames al perro doméstico que lame los huesos:
esto que digo es una alfombra peligrosa,
un ojo cayendo desde todos los balcones.

Toda la belleza cabe en el vientre del gusano.

Toda amargura puede ser dicha desde los labios del silencio.

Percibir el poema no es haberlo entendido todo,
ni sentir amor por el lirio que ya es hermoso.

Percibir el poema es una promesa con el vacío:
saborear la gota de sangre
que se queda en la boca.

Josué Andrés Moz
El libro del carnero
(Editorial EquiZZero, 2021)
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