9 Poemas de Lia Katselashvili

Lia Katselashvili nació el 29 de enero de 1988 en Tbilisi (Georgia). Desde pequeña le apasionaba la lectura y acabó estudiando Filología hispánica. Tiene publicados dos libros: “Diccionario etimológico de nombres y palabras bíblicos” (2008) y “El catálogo de las lenguas del mundo” del abate Lorenzo Hervás Panduro y “Los caldeos-kartvelios de Zenaare” (2014).

Qué de tristeza y ensueños
reúne el otoño con sus jirones.
Las hojas doradas, llenas de polvo
se mezclan con el barro y fango.
Se desatan torbellinos de lluvia
y se mojan todos los bancos del parque,
como si no hubiera refugio en ninguna parte
como si ya no quedara nadie por venir…
Y aunque quedara, ¿quién vendría?
Ah, están mojados todos los bancos…
El otoño, invasor nato
qué triste es y qué desnudo está.
El sol brilla entrecortado,
por la ventana ves la lluvia…
y el alma también está mojado…

Otoño

La luna

Cuando la luna me lanzó su rayo,
alumbró mi lecho con color de plata.
En alguna parte empezaron a oírse
viejos sones de flautas dulces.
En esos ecos de destellos tristes
se encendió tu rostro brillante,
tu cuerpo tembló
y entonces grité:
¡Tiempo, para!

Al alma triste

Eres la cuentista de las mil y una noches,
me envuelves y me pintas un cuento a veces triste.
Hojeas libros con dedos ilustres
recopilas monstruos, palabras tristes 
para soltarlos como si nada
en el desayuno de un sábado cualquiera.
Te escucho sobresaltada,
lates…
susurras…
me invades toda de un bostezo…
Después, agacho la cabezas 
y miro los pozos en la taza vacía.

Fin de las hojas 

El cielo llora la pérdida 
de hojas que caen en tierra,
llora también las ramas 
desprovistas de manos,
desnudas.
Llora, porque no es fácil de asumir 
una muerte del color.
La niebla tapa el cielo,
las montañas lejanas parecen estar de luto.
Tengo envidia de la calma de las hojas,
que aceptan su fin con silencio sepulcral.

 La hoja 

Soy la hoja a punto de caerse,
el dolor de ser o no ser me martiriza 
y como una novedad traída por el viento,
así el tiempo me borrará sin rastro.
Dejaré los días sin decir nada,
o ¿cambia algo proferir quejas?
Cuando los árboles desnudos saludan el día,
les perdono el engaño a todas las hojas.
Puede que esto sea el sino
de un huérfano,
que depende de los cambios del tiempo.
Soy la hoja que cae al suelo,
espero al viento… ¿A dónde me lleva?

Llueve

Empieza a llover 
poco a poco,
gota a gota.
Hemos avanzado rápido
y la lluvia nos sigue.
¿Por qué os marcháis?
¿Por qué nos dejáis?
La oíamos,  pero la lluvia mojaba…
Es buena la lluvia,
cuando la miras desde un refugio,
junto al fuego…
Ves la gota de lluvia…
Mientras está arriba,
todo es paz…
Un poco más 
y ya no queda ni rastro…
Te sientas, esperas.
Esperas la lluvia.

La mariposa olvidada 

Es una pena… ya nadie escribe sobre mariposas,
ya nadie echa de menos poemas tristes.
Sus alas azules se perdieron entre flores de campo.
Es una pena… ya nadie escribe sobre mariposas.
Leo en silencio los versos libres que alguna vez escribí para mí misma…
Con ojos cansados acaricio las viejas penas.
Es una pena… ya nadie escribe sobre mariposas,
ya nadie echa de menos poemas tristes.

Si te tuviera…

Si te tuviera aquí cerca,
ya no me preocuparía por la lluvia.
Todas las hojas agachan la cabeza 
y lloran sin ninguna razón.
En este mundo no pido nada más que una mirada tuya.
La nostalgia de tu recuerdo me persigue 
y deseo los versos olvidados.
Como la ausencia de poesía,
así tu ausencia soporto.
No quiero que este día se parezca a un final triste y mojado.
Si te tuviera aquí cerca,
ya no me preocuparía por la lluvia.


¡Que así sea!

Esperaré al momento, al segundo de ese día 
en que el deseo te traiga hasta mí por tus propios pies.

Me dirás que la locura de estar sin mí, se desató en tu alma,
Me dirás que todos los hilos de la espera se han roto a la vez.

Que lo importante es que tu corazón lata por mí,
que puedes extender tu honor bajo mis pies.

Que has olvidado todos los caminos, salvo el que te lleva hasta mí,
para decirme que ahora todo estará bien.

Que quieres secarme las lágrimas de desencanto,
que estás preparado para llevar mi dolor sobre tus hombros.

Que deseas que aunque sea una vez, veamos el amanecer juntos.
Que puedes recibir mi corazón como sacrificio.

Que nos amaremos mil años 
y que me prometes que nunca me soltarás la mano.

Esperaré al momento, al segundo de ese día 
en que el deseo te traiga hasta mí por tus propios pies.

Y si estos versos son tan solo fantasías vanas,
¡Que así sea!.. al fin y al cabo, es todo cuanto me queda.

Signos de puntuación del amor 


Pongo interrogantes 
y pregunto todo 
aunque la respuesta 
no obtengo nunca
¿Por qué somos?
¿Para qué somos?
¿Dónde estamos? 
Y en general 
¿Para qué existimos? 
A los dos puntos le siguen 
los nombres multiplicados,
mil veces enumerados 
mil veces los desearé:

Ojos,
colores,
minutos,
segundos,
días,
manos,
dedos,
brazos.

Me paro allí donde pongo 
punto y coma,
me quito el peso 
de los hombros caídos,
me recupero,
te perdono,
me alejo,
sé que soy pesada 
a veces incluso para ti.
Seguimos… el camino 
de los puntos suspensivos…
Nos rendimos al deseo y
a las pausas de vida…
El camino no parece tener fin…
Siguen los puntos…
Seguimos caminando…
Todavía no nos acabamos…
Tu- a la derecha,
Yo- a la izquierda,
en medio una raya,
tú- allí,
yo- aquí,
la distancia es corta.
A veces- nos separa,
A veces- nos une,
a veces es un puente.
Estamos juntos y a pesar de eso- caminamos a nuestro aire.
¡Te llamo! ¡Te invoco! 
Con puntos de exclamación.
¡Ojalá que venga hasta mí tu voz! 
¡Escúchame!
¡Soy tuya!
¡Te amo!

¡Te amo!
Lo digo y me hago daño en la garganta.
Al final, no sé hacia dónde voy,
no veo ningún signo de puntuación.
Cierro los ojos una y otra vez 
y no muevo ni un dedo.
No pondré un punto final.
¡No pondré un punto final!

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