«INPUT/OUT SIDE» de Lucía bocanegra

INPUT/OUT SIDE
Compañía: Lucía Bocanegra (Sevilla)
Intérpretes: Esther Moreno Suárez, Diana «Wondy» Grytsailo, Lucía Bocanegra
Autora y Directora: Lucía Bocanegra.
Coreografía: Lucía Bocanegra.
Proyecciones e iluminación: Cyberturbo.
Música: Benji Sancho Talbot, “Hartta”.
Fotografía de portada: Juanma Ojeda.

Juan Ramón, al final de su poética, quiso desnudarse de figuras, de imágenes, de reflejos. Deseaba distanciarse de su ayer, cambiar los sentidos por los sentimientos para provocar sus versos. Buscó la obra desnuda. Antes, hubo de encontrar un lugar lleno de silencio. Además pide libros que el creía perdidos, volúmenes que prestó o que le robaron y así recuperar esas páginas que provocaron sus primeros amores poéticos. Al fin, cuando encontró esa paz, pudo desligarse de toda la hojarasca que lo cubría antes.

Las tres figuras danzantes que se suben al escenario pretenden una lucha semejante a la del poeta. Una batalla parecida de movimientos bruscos que buscan una respuesta. Cuando frente un dilema vital necesitamos una solución, deberíamos quedarnos desnudos, desnudarnos ante el espejo implacable de la conciencia. Aunque para ello debemos vencer un pudor imposible, el mismo que sentimos al quitarnos las ropas ante la mirada ajena. Pero esto no debería ser así. Pues una vez vencido ese pequeño terror, todos comprobamos que la desnudez nos iguala.

Las tres mujeres se despojan de unas largas vestiduras que las aprisionan como vendas, librándose de banderas de otro bando, y van liberando también su pensamiento interior, sus espíritus. Al perderse todo eso, ya no hay lugar para el miedo ni la vergüenza. Sus movimientos se van haciendo implacables y sucesivos. Al igual que el mundo nunca deja de girar, giran ellas también. Pero en este proceso de vueltas y saltos, se detiene una herencia: los conceptos, ideas e imágenes ajenos como hijos de otros padres. Todo ello expresado con gestos como juntar las manos para rezar sin sentimiento alguno, por rutina, o morder una mordaza en la boca. Muchas veces, las tres bailarinas parecen luchar, no contra sus miembros, ni contra las limitaciones de su cuerpo, sino contra un conflicto interior: la ignorancia, el no saber el verdadero destino de cada una, el no saber donde está su verdadero hogar, el no reconocer su rostro en el espejo.

Una música que a veces evoca el cortocircuito y las coloristas interferencias proyectadas sobre ellas simulan la confusión, la ganancia de estímulos en la que vivimos; barreras contra el silencio y la paz necesarios para la reflexión, para vernos como somos, para desnudarnos y así conocer nuestra respuesta interior. Al terminar la pieza, las tres se dan cuenta de que la mayoría de sus problemas nunca existieron. La habilidad de los opresores consiste en eso, en hacernos creer en su existencia, en hacernos pensar que lo que sentimos naturalmente es parte de un afán revolucionario y antinatural, cuando se trata de todo lo contrario, se trata de nuestra verdadera manera de ser.

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